
Convencido de que el clima había trazado una conspiración en su contra, Hernán se reincorporó al cotidiano de sus días.
En la oficina se respiraba el mismo aire de rutina y toxicidad de cigarrillo de siempre.
Recién llegado de sus vacaciones el día anterior y hoy ya en su trabajo, contaba a sus compañeros de sus tediosos 10 días de lluvia en la costa.
“Me siento como La Pantera Rosa en ese capítulo en el que un pequeño nubarrón de tormenta la perseguía donde sea que ella fuera,…. pero a mi no me caga más”.
Sus compañeros se rieron de las afirmaciones, pero algunos quedaron preocupados por esa última frase, la había expulsado de su boca como si vomitara una terrible verdad.
Partió al final del día con tranco raudo hacia su casa, él tenía un plan.
Estaba decidido a conspirar en contra del clima, lo llamaba “el gran dictador” para que no se diera cuenta de que hablaba de él. Comenzó con el plan a la mañana siguiente.
Se puso una camiseta de manga larga, medias gruesas, camisa, pantalón de invierno, pulóver, sobretodo, guantes y gorro de lana. Como toque final se colocó lentes de sol como para afrontar la vergüenza que le causarían las miradas de la gente en la calle y las risas de sus compañeros de trabajo.
Su plan era despistar al clima, hacer que llegara el frío anticipadamente, con un doble propósito. Estaba convencido que en el invierno la gente se ponía más tranquila y tolerable, y por otro lado tener el resarcimiento de una pequeña venganza con los compañeros que habían trocado sus días de vacaciones con él…. “pensar que les dije que me daba lo mismo!!”.
Salió tímidamente de su casa y ya desde el palier del edificio tuvo que comenzar con las contestaciones absurdas.
“Estás engripado?”, preguntó el portero, “no, jaja, jugué una apuesta con mis compañeros de trabajo”, contestó a regañadientes.
En la estación de subte trató de esconderse detrás de una columna, el calor era insoportable, casi al punto del desmayo. Bajó del gusano metálico, subió las escaleras a los ponchazos y esquivó cuantas miradas y risas pudo. Llegó al trabajo y comenzaron las carcajadas y los murmullos.
Solo contó su plan a un tímido compañero, sabia que él no lo delataría con “el gran dictador”.
Fue el día más largo de su vida, pero trataba de actuar con naturalidad para lograr convencer al clima, al punto de colocarse los guantes cada vez que se levantaba para ir hasta la fotocopiadora.
Continuó con el plan toda la semana. Para el viernes estaba por desistir ya que de tanto transpirar no tenía ropa de invierno seca y limpia. Además su jefe lo había amenazado con suspenderlo, y encima con licencia psiquiatrica, rama de la medicina que le causaba pavura.
El viernes por la noche “el clima enloqueció”, era la frase que se repetía en cada noticiero. Después de un terrible temporal de viento del sudoeste la temperatura descendió estrepitosamente a 5 grados centígrados, Hernán no sabía que hacer, como festejar, ni a quién llamar, solo su compañero sabía del plan y casi no lo conocía.
Vistió su atuendo de toda la semana y salió a la calle a pasear entre las desconcertadas personas, él, las saludaba con una expresión que pasaba del placer a la soberbia con algunos trazos de monje sabio. Sabía que era el autor de las decisiones del clima.
A la mañana siguiente fue temprano a desayunar, “tres medialunas y un café negro bien cargado”, pidió. “Tiempo loco, no??”
Todo el fin de semana se dedicó a caminar silencioso entre la gente deleitándose con el letargo que el frío les provocaba.
No podía esperar a comenzar la semana para comentar con su desconocido compañero su proeza climática, le picaban los labios de no poder contárselo a nadie, era obvio que lo tratarían de loco.
Llegado lunes viajó a su trabajo con una sonrisa desconocida por él y por sus habituales partenaires subterráneos.
Entró a la oficina y para su sorpresa ni su compañero ni la mitad de los que ahí trabajaban, habían llegado.
De entrada lo barajó su jefe y le dijo, “que bueno que llegaste, tengo a la mitad de la oficina engripada y con esto de la porcina, les dieron una semana de licencia. Andá agarrando las carpetas de Gómez, Achaval y Petorutti, así me das una mano con este quilombo”.
La sonrisa de Hernán se desplomó como una marquesina vieja, ya no le quedaban dudas, todo estaba dispuesto para cagarle la vida, el clima seguía siendo “el gran dictador “.
En la oficina se respiraba el mismo aire de rutina y toxicidad de cigarrillo de siempre.
Recién llegado de sus vacaciones el día anterior y hoy ya en su trabajo, contaba a sus compañeros de sus tediosos 10 días de lluvia en la costa.
“Me siento como La Pantera Rosa en ese capítulo en el que un pequeño nubarrón de tormenta la perseguía donde sea que ella fuera,…. pero a mi no me caga más”.
Sus compañeros se rieron de las afirmaciones, pero algunos quedaron preocupados por esa última frase, la había expulsado de su boca como si vomitara una terrible verdad.
Partió al final del día con tranco raudo hacia su casa, él tenía un plan.
Estaba decidido a conspirar en contra del clima, lo llamaba “el gran dictador” para que no se diera cuenta de que hablaba de él. Comenzó con el plan a la mañana siguiente.
Se puso una camiseta de manga larga, medias gruesas, camisa, pantalón de invierno, pulóver, sobretodo, guantes y gorro de lana. Como toque final se colocó lentes de sol como para afrontar la vergüenza que le causarían las miradas de la gente en la calle y las risas de sus compañeros de trabajo.
Su plan era despistar al clima, hacer que llegara el frío anticipadamente, con un doble propósito. Estaba convencido que en el invierno la gente se ponía más tranquila y tolerable, y por otro lado tener el resarcimiento de una pequeña venganza con los compañeros que habían trocado sus días de vacaciones con él…. “pensar que les dije que me daba lo mismo!!”.
Salió tímidamente de su casa y ya desde el palier del edificio tuvo que comenzar con las contestaciones absurdas.
“Estás engripado?”, preguntó el portero, “no, jaja, jugué una apuesta con mis compañeros de trabajo”, contestó a regañadientes.
En la estación de subte trató de esconderse detrás de una columna, el calor era insoportable, casi al punto del desmayo. Bajó del gusano metálico, subió las escaleras a los ponchazos y esquivó cuantas miradas y risas pudo. Llegó al trabajo y comenzaron las carcajadas y los murmullos.
Solo contó su plan a un tímido compañero, sabia que él no lo delataría con “el gran dictador”.
Fue el día más largo de su vida, pero trataba de actuar con naturalidad para lograr convencer al clima, al punto de colocarse los guantes cada vez que se levantaba para ir hasta la fotocopiadora.
Continuó con el plan toda la semana. Para el viernes estaba por desistir ya que de tanto transpirar no tenía ropa de invierno seca y limpia. Además su jefe lo había amenazado con suspenderlo, y encima con licencia psiquiatrica, rama de la medicina que le causaba pavura.
El viernes por la noche “el clima enloqueció”, era la frase que se repetía en cada noticiero. Después de un terrible temporal de viento del sudoeste la temperatura descendió estrepitosamente a 5 grados centígrados, Hernán no sabía que hacer, como festejar, ni a quién llamar, solo su compañero sabía del plan y casi no lo conocía.
Vistió su atuendo de toda la semana y salió a la calle a pasear entre las desconcertadas personas, él, las saludaba con una expresión que pasaba del placer a la soberbia con algunos trazos de monje sabio. Sabía que era el autor de las decisiones del clima.
A la mañana siguiente fue temprano a desayunar, “tres medialunas y un café negro bien cargado”, pidió. “Tiempo loco, no??”
Todo el fin de semana se dedicó a caminar silencioso entre la gente deleitándose con el letargo que el frío les provocaba.
No podía esperar a comenzar la semana para comentar con su desconocido compañero su proeza climática, le picaban los labios de no poder contárselo a nadie, era obvio que lo tratarían de loco.
Llegado lunes viajó a su trabajo con una sonrisa desconocida por él y por sus habituales partenaires subterráneos.
Entró a la oficina y para su sorpresa ni su compañero ni la mitad de los que ahí trabajaban, habían llegado.
De entrada lo barajó su jefe y le dijo, “que bueno que llegaste, tengo a la mitad de la oficina engripada y con esto de la porcina, les dieron una semana de licencia. Andá agarrando las carpetas de Gómez, Achaval y Petorutti, así me das una mano con este quilombo”.
La sonrisa de Hernán se desplomó como una marquesina vieja, ya no le quedaban dudas, todo estaba dispuesto para cagarle la vida, el clima seguía siendo “el gran dictador “.


