
Agotada por el calor y los malos pensamientos, emprendió las cotidianas tareas de otra manera.
Tomó las cartas, único recuerdo de historias muertas y las puso al horno a fuego lento con la idea de deshidratarlas al punto que quedaran como esas hojas que pisaba en su infancia en la plaza mientras caminaba a los saltos jugando a la rayuela sobre ellas.
En ese momento cansada y transpirada como estaba, echo una mirada por el rabillo del ojo al espejo y vio moverse sin su permiso a su preciado cabello negro, con grandes ondas, los que habían sido acariciados por las más variadas manos.
“Sin mi permiso ustedes no gustan ni se mueven más!”, afirmó. Tomó las tijeras más desafiladas que tenía y cortó hasta donde pudo. Luego tomó una bella y reluciente cajita de metal en la que habitaba una máquina de afeitar antigua heredada de su abuelo, también una Gillette medio oxidada, ja!.. pensó, inoxidable… y para toda la vida!. Desenroscó la base de la máquina, colocó la hojita y terminó de afeitarse la cabeza.
Dispuso prolijamente los mechones más largos de pelo dentro de una caja de bombones vacía y los guardo en la cómoda de su cuarto.
Volvió a la cocina y pudo ver que las cartas se habían secado y no quemado, que era el temor mas grande que tenía. Sacó la asadera del horno y tomo suavemente las cartas disecadas, las puso en una caja de zapatos vieja en la que además guardaba algunos souvenirs de fiestas a las que había ido, la cerró y partió caminando tranquilamente.
Era necesario encontrar un curso de agua, un poco como en las películas, un poco como para ir en el tiempo hacia épocas más cómodas.
No quería esperar remis ni colectivo para viajar porque sabía que perdería el estimulo de la decisión tomada. Lo más cercano que encontró fue un arroyo que no tenia más de cinco metros de ancho, algo apestoso y con algún que otro baúl de auto oxidado que asomaba los rastros de los malos tratos del agua y del tiempo.
Una vez allí se sentó cómodamente, abrió la caja y comenzó primero por los souvenirs,
Los arrojaba suavemente, algunos se hundían rápido, otros navegaban erráticos con destino seguro de orilla, donde serían encontrados por algún niño aburrido, pero no importaba, lo interesante era dejarlos ir.
El mejor de los momentos de la escena fue cuando terminados los souvenirs quedaron las cartas. Una a una las fue tomando y estrujando suavemente entre sus dedos, haciéndolas crujir como aquellas hojas de las plazas de su infancia. Caían los fragmentos de papel color sepia con matices azules. En ellos, fragmentos de historias en fragmentos de tinta, relatando los amores que solo en el recuerdo de un alma fragmentada anidaban.
Tomó las cartas, único recuerdo de historias muertas y las puso al horno a fuego lento con la idea de deshidratarlas al punto que quedaran como esas hojas que pisaba en su infancia en la plaza mientras caminaba a los saltos jugando a la rayuela sobre ellas.
En ese momento cansada y transpirada como estaba, echo una mirada por el rabillo del ojo al espejo y vio moverse sin su permiso a su preciado cabello negro, con grandes ondas, los que habían sido acariciados por las más variadas manos.
“Sin mi permiso ustedes no gustan ni se mueven más!”, afirmó. Tomó las tijeras más desafiladas que tenía y cortó hasta donde pudo. Luego tomó una bella y reluciente cajita de metal en la que habitaba una máquina de afeitar antigua heredada de su abuelo, también una Gillette medio oxidada, ja!.. pensó, inoxidable… y para toda la vida!. Desenroscó la base de la máquina, colocó la hojita y terminó de afeitarse la cabeza.
Dispuso prolijamente los mechones más largos de pelo dentro de una caja de bombones vacía y los guardo en la cómoda de su cuarto.
Volvió a la cocina y pudo ver que las cartas se habían secado y no quemado, que era el temor mas grande que tenía. Sacó la asadera del horno y tomo suavemente las cartas disecadas, las puso en una caja de zapatos vieja en la que además guardaba algunos souvenirs de fiestas a las que había ido, la cerró y partió caminando tranquilamente.
Era necesario encontrar un curso de agua, un poco como en las películas, un poco como para ir en el tiempo hacia épocas más cómodas.
No quería esperar remis ni colectivo para viajar porque sabía que perdería el estimulo de la decisión tomada. Lo más cercano que encontró fue un arroyo que no tenia más de cinco metros de ancho, algo apestoso y con algún que otro baúl de auto oxidado que asomaba los rastros de los malos tratos del agua y del tiempo.
Una vez allí se sentó cómodamente, abrió la caja y comenzó primero por los souvenirs,
Los arrojaba suavemente, algunos se hundían rápido, otros navegaban erráticos con destino seguro de orilla, donde serían encontrados por algún niño aburrido, pero no importaba, lo interesante era dejarlos ir.
El mejor de los momentos de la escena fue cuando terminados los souvenirs quedaron las cartas. Una a una las fue tomando y estrujando suavemente entre sus dedos, haciéndolas crujir como aquellas hojas de las plazas de su infancia. Caían los fragmentos de papel color sepia con matices azules. En ellos, fragmentos de historias en fragmentos de tinta, relatando los amores que solo en el recuerdo de un alma fragmentada anidaban.
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