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viernes, 5 de marzo de 2010

Jazmin se busca


Quedaban pocos días y las sonrisas de Augusto eran cada vez menos. Solo quedaba un jazmín en su planta favorita.
Dedicaba su tiempo libre, que era bastante, a la particular tarea de admirar a esta planta.
Se sentaba con una actitud casi devota frente al jazmín a contemplarlo y disfrutar de su perfume.
Tenía una silla vieja de esterilla, que era según él, la más cómoda que había.
Algunos días con el consentimiento de la planta tomaba sus tijeras y cortaba los brotes defectuosos y las hojas amarillentas. Solo en ocasiones muy especiales cometía el atrevimiento de cortarle una flor, y si lo hacía, era para regalársela a quien él considerara muy especial y por sobre todas las cosas capaz de apreciar la belleza y el perfume de la flor.
Triste, así era como se declaraba. Sentado e inquieto frente a ella veía como uno a uno caían ya sus mustios pétalos. No podía dejar de pensar que tendría que esperar casi un año entero para que volviera a florecer.
Los días comenzaron a transcurrir y Augusto permanecía sentado en el hall de entrada de su casa casi sin moverse, allí estaba su adorada. Solo atinaba a saludar a algún vecino que pasaba, se sentía como Amador el zapatero de la esquina que en sus últimos tiempos solo se sentaba en la puerta de su local esperando el arribo de algún zapato roto, “pero si en estos tiempos ya nadie arregla nada”, decía su hijo, “cerrá y ponemos un kiosco”.
Este año Augusto decidido a no sufrir más por la espera y las ausencias, ideó un plan, juntó fuerzas y recurrió a las florerías del centro de la ciudad a comprar jazmines.
Con algo de fastidio y otro tanto de culpa compraba todas las semanas 4 o 5 ramitos.
“Sabes, estas no son tan suaves ni perfumadas como las tuyas pero tengo miedo de volverme loco”.
Disponía prolijamente las flores sobre una estructura de alambre que él había construido alrededor de la planta. El alambre recorría todo su perímetro y los ojales estaban estratégicamente ubicados como para que desde su silla la superposición no se notara.
Pasó lo que restaba del verano, el otoño y el invierno interpretando a la madre naturaleza, pero sabía que llegaban los tiempos generosos y su felicidad volvería a ser real otra vez.
Llegada la primavera los floristas del centro se preguntaban que era lo que pasaba, su cliente más fiel los había abandonado.
Las sonrisas de Augusto volvieron a aparecer y su silla aguardaba por él, ahora con la importante misión de observar a los pimpollos florecer.
Fue un año glorioso para su planta, habían brotado jazmines por todos sus rincones. El color blanco superaba al verde…. y el perfume,….. el perfume mi dios…..
Pasaron algunos días, hasta que sucedió lo que nunca debería.
Esa mañana Augusto se levanto sonriente como venía estando, hasta que vio su planta desbaratada, sin flores y con las ramas todas quebradas, no quedaba brote alguno y mucho menos señas de pimpollos. No pudo más que sentarse en el piso a llorar como un nene.
Quién lo había dejado tan solo, quien le regalaría ahora su perfume, ese que lo llevaba de paseo, “quién, quién??!!”
Esa misma tarde y parado en una esquina del centro, un mocoso que no tenia más de 10 años impunemente gritaba, “5 pesito el ramoooo!!”.
Ya oscurecía y para esa hora ya nadie se detenía en ese semáforo. El niño emprendió el viaje de regreso a su casa.
De todos los ramos, solo de tres se conoció el paradero.
El primero quedó desechado. Una novia enfurecida y harta del asfixiante perfume lo arrojó por la ventanilla de su auto.
El segundo, estrujado a manos de un amante despechado al que habían dejado esperando eternamente en una esquina, la esquina de Amador.
El tercero de los ramos, no fue vendido.
El nene entro contento a su casa, tarde como era, la madre lo recibió a los retos, este le extendió su perfumada mano regalándole el ultimo puñado de flores de esa temporada.